Espacios Otros: escritos desde un mar adentro. Por Marcelo Valdés

 

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La mundanidad de los objetos y lo que está entre esos objetos, espacios que tal vez podemos ver pero que yacen anónimos al ojo y al habitante también mundano, espacios colmados de matemáticas, química, física, filosofía, música, el silencio que se percibe como un ruido o el ruido que se transforma en silencio o en música poco convencional a nuestros oídos educados en lo mismo. La sencillez de lo cotidiano tan poco percibida que crece. Partes de una dimensión diluida convertida en prosa poética. Descriptiva ante un universo infinito poblado de espejos, ojos, aguas, dedos, cuadernos , parabrisas, arboles , aviones, jarrones, cuchillos, migas de pan, cables, ampolletas , imágenes constantes que hablan de giros, caídas, ascensos, retornos, exploraciones y puntos de quiebre. La poesía de Rubén Silva nos conduce en un viaje a las percepciones, a miradas y descubrimientos que están Ibídem ante nosotros. “Las esquinas de la casa, espacios de ausencia donde el sonido de los labios al beber el té se cubren de luz y sombra…”

 En la metáfora del calendario cósmico del astrónomo Carl Sagan, se dice que “todo el drama humano ocurre en los segundos finales del Diciembre cosmológico”. Asumiendo esta idea, nuestro concepto de los objetos y los espacios son elaboraciones desde la orilla, no desde el mar adentro. Silva parece comenzar a hablarnos desde la orilla, pero adentrándose en profundidad al mar. Desde algún lugar de esos espacios vacíos llenos de vida donde crece la geografía, tomando en cuenta que la inmensidad está en nosotros y no en el espacio que se descubre, o si se quiere el espacio explorado se nos presenta inmenso, creado a partir de la percepción propia de quien lo descubre, ese espacio ajeno, pero a la vez cercano y en yuxtaposición al nuestro, en este caso del poeta transformado a la vez en sujeto clarividente de una realidad poco explorada.

 “La puerta se cierra y la sombra se mimetiza en la fosforescencia que entra por el pasillo, luego, se extingue en un silbido, el soplo que viaja a través de un medio elástico que diminutas partículas entorpecen”. Parece que los colores se perdieran, que un BIG CRUNCH amenazara con convertir los espacios vacíos en un solo gran vacío; la materia mientras no es observada solo es una onda de probabilidades, pero por otra parte se adentra más allá de las miradas anteriores. “Las células empapan lugares que el cerebro decodifica por medio del oído” .

La serie de situaciones que van sucediendo en el poemario de Silva nos va relatando una historia de sucesos que en ciertos pasajes van ocurriendo al mismo tiempo, sin ser lineal, siendo circular, se nos cae la realidad o se nos muestra en toda su magnificencia, el mar cosmológico envolviendo las anatomías humanas y de los objetos, rellenando los vacíos.

Un infante llamado Benjamín (su pequeño primogénito) junto a su madre se asoman como protagonistas a lo largo de la mayoría del poemario, comenzando por : “El gato bota un lápiz que rebota en el suelo y rueda por el piso, un estado de constancia ondulatoria a un lado de la pieza del niño que llora, por hambre, por sueño, por humedad entre sus piernas y el plástico que recubre sus genitales arrugados. Su madre lo escucha desde el cuarto inmediato y despliega la velocidad necesaria para consolarlo” o en otro pasaje donde da cuenta de la veloz sucesión de imágenes de la deriva de su ojo observador: El ruido de la motocicleta choca con el propio eco de la succión del infante, mientras la leche escurre burbujeante por el chupete elástico de la mamadera que la madre afirma concentrada, con la conciencia fija en los ojos de su hijo que se mueven, vibran y sus pupilas se abren y cierran como el lente de la cámara de video, piensa la mujer que mira como el ser diminuto transpira, fluye como un algoritmo exponencial…”

Las intenciones profundamente logradas del registro dan cuenta de un ojo hábil que ve lo que otros no ven aunque se tenga en frente, esos espacios vacíos, el departamento donde vive, la calle y el cielo que se ve desde su ventana. Acá el poeta Rubén Silva se las mide con un sociólogo o un periodista en sus métodos, pero desde la retina del artista: “Los dedos desgastan la historia que se ramifica…”. “Los espacios no se sobreponen a la marcha del tiempo” o: El ruido blanco que estalla desde un televisor no sintonizado, es un millar de abejas que se encuentran merodeando la entrada de un panal, enfatizando un arte marcial”.

Firme y sin dudas este primer poemario de Rubén Silva viene a abrazar sus trabajos anteriores en el género narrativo, esta vez a completar el interesante catalogo de sus registros escriturales con esa amplia observación de lo cotidiano tan necesaria desde el mar adentro de la cosmogonía.

“Ciego, el día se sumerge entre nubes rojizas que consumen la luz, mientras un murmullo de personas en la calle se mutila encima de un pavimento que empieza a enfriarse”.  

 Marcelo Valdés, La Florida, Julio de 2017.

 

 

 

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