El culto al libro como objeto de deseo: ¿bibliófilo o bibliómano? por Liz Gallegos

Para Charles Nodier (1780−1844), escritor, bibliotecario y bibliófilo francés, “un solo paso separa lo sublime de lo ridículo, entre el bibliófilo y el bibliómano solo media una crisis”[1]. Es tan estrecha la línea que separa al bibliófilo del bibliómano, que encontraremos más similitudes que diferencias al momento de exponerlos, ya que en ambos casos el máximo placer se obtiene comprando un libro, tomando posesión de éste, alardeando y sintiendo orgullo por el tesoro, que muchas veces fue obtenido en costosos remates o de forma ilegal; y tanto el bibliófilo como el bibliómano convierten el libro en un objeto suntuoso, sin más objetivo que cubrir exagerados metros cuadrados de una biblioteca, como si ésta fuese un santuario.

El bibliófilo compra libros por amor a ellos. Tiene conocimiento literario, por lo tanto sabe elegirlos, pero los exhibe de forma pomposa, aunque tenga pensado llegar a leerlos o al menos, consultarlos. Por otra parte, el bibliómano compra y acumula libros, obsesionado por aspectos como su belleza, encuadernación (o por quién fue el encuadernador), imprenta, tipografía, el sonido de las hojas al abrirlo, el tacto, descubrir los secretos de un intonso[2], rareza, antigüedad, por ser una primera edición, un manuscrito o un incunable[3], que probablemente jamás serán leídos. Éste también exhibe sus encuadernaciones y lomos en una biblioteca que adorna una habitación, como si fuera un altar al que hay que rendirle culto, relegando e ignorando por completo el contenido literario, de investigación o estudio. En casos extremos, este fanatismo considera extraño o temible su uso para algo distinto a la exhibición y acumulación.

Ramón Miquel y Planas (1874−1950), bibliófilo barcelonés, consideró el coleccionismo de encuadernaciones “la suprema manifestación de amor al libro, aquella en el que este amor llega a alcanzar los caracteres de un verdadero culto”[4]. A Claude Roy (1915−1997), escritor, poeta y ensayista francés, su amor por los libros le lleva a antropomorfizarlos.

“Los libros son personas o no son nada. Personas más abiertas que las          personas−personas… Libro, esa persona de formato más pequeño… …esos humanos          encuadernados en rústica  o en tela que se ponen encima de la mesa a los que llamamos        libro”[5], “Me gusta que los libros compartan mi vida, me acompañen, callejeen, trabajen y        duerman en mi compañía, se rocen con las venturas del día y los caprichos del tiempo,        acepten citas conmigo a horas ‘imposibles’, ronroneen con la gata al pie de mi cama, o se    arrastren con ella en la hierba, doblen un poco la punta de sus páginas en la hamaca de         verano, se pierdan y se encuentren de nuevo”[6].

La lista de amantes del libro o de enfermos de los libros, poseídos por el deseo compulsivo de tenerlos, es extensa. Sería posible cubrir esta hoja con citas similares a las anteriores donde la encuadernación será comparada con los vestidos de una mujer, la tez de un personaje de cuentos con la piel en la encuadernación, la poética pesca con anzuelo y red de primeras ediciones o con amor y deseo. Estos actos y afirmaciones dementes tienen como único fundamento la belleza o rareza en la encuadernación.

¿Cómo imaginar a don Quijote de la Mancha perdiendo el juicio solamente por tener libros sin haberlos leído? En este caso, el deseo no es la obsesión de poseer un libro como objeto, sino la de obtener una aventura más para sus futuras andanzas, ya que el deseo del Hidalgo era ser un caballero y asombrar al mundo con sus hazañas. Tal deseo nace y se cobija con la lectura de aventuras de caballeros andantes.

“Este caballero, en sus ratos de ocio, los que no eran pocos, se aficionó a leer en forma      desmedida libros que trataban de las aventuras de los caballeros andantes; tanto le        absorbió el seso este tipo de lectura, que descuidó la conservación de su fortuna y hasta        vendió parte de sus tierras para comprar más libros de esta especie. Naturalmente esta        extraña afición habría de hacerle perder el juicio, ya que comenzó a creer en serio en la       existencia de encantamientos, batallas, desafíos, luchas con gigantes y un sinnúmero de     disparates”[7].

La biblioteca de Alfonso Quijano, sutilmente, nos revela en el capítulo VI, justo antes de que los libros ardan, a éste como: bibliófilo, “el cura pidió a la sobrina las llaves del aposento donde estaban los libros, y entraron todos y hallaron más de cien volúmenes muy bien encuadernados”[8]. Si releemos la cita 7, desde el principio se mencionó a Alfonso Quijano como bibliófilo, “hasta vendió tierras para comprar más libros”, una manifestación de amor que no podemos pasar por alto. Al parecer, quien abre un libro, lo desea o lo observa amorosamente entre sus manos y ante sus curiosos ojos, está a un paso de la total demencia.

[1]Checa Cremades, José Luis. Ese Oscuro objeto del deseo… Los bibliófilos y la encuadernación. Praha − Artes del libro. Madrid. 2015. Pág. 12

[2]Ejemplar que se encuaderna sin cortar los pliegos de que se compone

[3]Ejemplar hecho desde la invención de la imprenta hasta principios del siglo XVI

[4]http://checacremades.blogspot.cl/2014/04/coleccionistas-de-encuadernaciones.html. Consultado el día 07 de diciembre de 2016, hora 00.46

[5]Checa Cremades, José Luis. Ese Oscuro objeto del deseo… Los bibliófilos y la encuadernación. Praha − Artes del libro. Madrid. 2015. Pág. 40

[6]http://loqueleolocuento.blogspot.cl/2014/06/el-amante-de-las-librerias-claude-roy.html. Consultado el día 08 de diciembre de 2016, hora 00.48

[7]De Cervantes Saavedra, Miguel. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Zig−Zag. Chile. 1966. Pág.11

[8]De Cervantes Saavedra, Miguel. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Zig−Zag. Chile. 1966. Pág.26

 

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